Vistas de página en total

lunes, 16 de noviembre de 2015

EL JARDÍN DE LA SEÑORA BILLET


A finales del verano las mariquitas habían hecho estragos carcomiendo el cuidado jardín de la señora Billet. Ella  lo podía ver desde la ventana, pero no tenía intención de intervenir. A decir verdad, ya no tenía intención de intervenir en nada. Permanecía allí, hamacándose suavemente en el sillón birmano de ratán, en su pequeña y elegante sala privada. La luz dorada del sol que entraba por la ventana se difundía serena, creando poco más que una penumbra brillante. Ana Billet  no se permitía estridencias, ni en ornamentos ni en modos.

Tres meses atrás, de la forma más impensada y fortuita, literalmente se había tropezado en cuerpo y alma con su remoto pasado. Gabriel Paz estaba allí, entre el gentío que deambulaba por el Malba, exactamente 40 años después del último beso genuino y arrebatado. Se reconocieron escépticos, se tantearon con la mirada hasta ajustar el lente y poner en foco el saqueo de los años.  Vacilantes, se abandonaron a un cálido abrazo, para recaer después en la magia del recuerdo y el increíble presente.

La señora Billet no volvió a tener un minuto de sosiego.

Desató sus más guardadas impaciencias y se dedicó a armar el andamiaje clandestino de llamadas, mensajes, encuentros y chats, a espaldas del señor Billet, que ahora le parecía un pájaro desplumado al lado de ese fuerte guerrero otoñal que era Gabriel Paz. Volvió a oír  la música de los setenta,  lo imaginó el amante incondicional que apenas había rozado en su juventud, lo presintió vehemente y abrumador, aún a su edad. Reemplazó las cartas apasionadas de otra época, por un compilado de música que preparó pacientemente, con una selección de veintiún temas románticos,  que entre otras cosas, con la voz de Gloria Estefan, le proponía compensarlo “Con los años que me quedan por vivir…”

Si su corteza de caballero había madurado como las virtudes del buen vino añejado, la  madera interior de Gabriel Paz se había templado y pulido con otras realidades y pasiones que la señora Billet no podía  siquiera imaginar: hacía 40 años se habían separado hacia dos mundos diferentes.

A la señora Billet se le escapó la prudencia y devino en un reverdecer primaveral que sus sesenta años bien conservados no pudieron refrenar. Reanimó su vestuario, reforzó las cremas y la gimnasia y descubrió alarmada que las tardes de lluvia le provocaban reclamos imperiosos. Organizó sus horas e imaginó desvelos para atenderlo y verlo, aunque solo fuera un día cada tanto. Todo, sin aflicciones por su existencia cotidiana que seguía en los carriles rutinarios de su cómoda vida familiar.

 Durante las siguientes semanas, se perdieron en un intrincado laberinto de declaraciones, donde confundieron recuerdos y vivencias con ficciones y anhelos, y se entregaron a la quimera de pasiones aplazadas, desvelos malheridos y zozobras febriles.  Se buscaron sin encontrarse. Aturdidos por el deseo y desalentados por la distancia, sucumbieron a las artimañas de un amor desmadrado y perdieron el rumbo de la compostura.    

En la undécima semana, él retaceó las llamadas, demoró responder mensajes y faltó a la cita del viernes. La señora Billet, consciente ya de que las mariquitas avanzaban en el jardín, devorando la magnolia y el cerezo y enfilaban directamente hacia las gardenias, arremetió con su necesidad de verlo y le propuso escaparse juntos por unas horas. 
Gabriel, que hubiera querido que todo se diluyera en la nada, espontáneamente como había aparecido, tuvo que afrontar esa última llamada, y tratando de no herirla le dijo <que no podía, que su vida era compleja >.

En su sillón de ratán, desde donde veía el jardín, la señora Ana escuchó por última vez la voz de Gabriel y aún con la esperanza de que fuera solo un traspié, pasó varios días buscando un lugar en el alma donde meter ese maremoto que se había desencadenado tres meses atrás. Finalmente consiguió comprender y se dio cuenta que nada había cambiado: 40 años antes, él también había sido un cobarde.

Con su resolución habitual, la señora Ana tomó el teléfono y llamó a su jardinero de siempre, y acordó que el lunes entrante se dedicarían a recomponer el jardín.

No hay comentarios:

Publicar un comentario