Hoy estreno Blog. No estoy muy emocionada, más bien un poco confusa.
Yo era muy del papel: manuscrito siempre, en libretitas, cuadernos baratos o servilletas; en máquina, una Everest que heredé, legítima industria y patente argentina de las que se fabricaban en Ushuaia en los 50. Luego adopté la computadora, allá por el 95, y me declaré fanática, casi fundamentalista, del ordenador personal y de su versatilidad prodigiosa. Imaginen, no tener que lidiar con la cinta entintada, el papel en el rodillo, ¡ah! y las teclas mal apretadas que imprimían un error inviolable a pesar de la goma de borrar especial, del corrector de última generación y siempre se terminaba con un trabajo mal presentado que hablaba de negligencia, impericia o desidia del humilde mecanógrafo ¡hasta existe una palabra para definir al operador de una máquina de escribir!
La compu es tan otra cosa, que sería lo mismo comparar los viejos vinilos con el iPod.
Pero el papel... ¡el papel es tan difícil de reemplazar! Aún el papel virtual, ese que aparece en Word en “vista de diseño de impresión”. Digo, para mí que he pasado largamente los diez lustros, el papel escrito, impreso, grabado o garabateado incluso, es el pensamiento materializado. Es el hecho concreto de las ideas. Es la huella irrevocable de la historia (de la Historia con mayúscula o de la historia chiquitita, cotidiana).
Si, ya sé que hoy la historia se escribe en los MSN, en los videos oficiales o los borrosos del celu, en los emails o en la web y ... ¡en los blogs! Me pregunto ¿tendré que imprimirlos al principio, para ir acostumbrándome que son tan reales como el papel?
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