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miércoles, 14 de julio de 2010

CENICIENTA

Cenicienta llegó una noche –no la esperábamos- de la mano de El Flaco.

El Flaco era todavía como lo describe L: “Tenía una enorme vocación de acompañamiento al desposeído- por opción o por naturaleza...” y como era así, porque así lo habíamos criado y enseñado, le dijimos –Pasá, quedate. Se pueden quedar los dos-. Y El Flaco se quedó, con su Cenicienta a cuestas, acomodado en el lugar para huéspedes, un cuarto casi de privilegio en el dto de Palermo, donde hacía rancho toda la familia que pasaba por la Ciudad Autónoma.

Las hermanas de El Flaco la miraron con “ojo experto” (perdón, es una chanza familiar que no puedo evitar) y se sintieron como las verdaderas hermanastras de la verdadera Cenicienta, frente a esta Cenicienta New Age. Sin embargo, porque hospitalidad obliga y casta lo impone, se eludieron los prejuicios, las murmuraciones, las trapisondas, los presentimientos y todo aconteció con el mejor ánimo de convivencia. Anfitriones ejemplares.

Pasaron las semanas, los meses y Cenicienta no daba señales de convertirse en princesa, es más, no se trocó ningún zapallo en carroza ni ratones en corceles y para colmo una mañana nos dimos cuenta que nuestra Cenicienta post moderna... ¡chancleteaba! Así es, el nuevo zapato le quedaba grande...

El único que se transformó fue El Flaco y no tan mágicamente. Dejó de ser un ser que (al decir de L) “prefería disfrutar de todas esas pequeñas cosas que el resto no veía, y así ser feliz”, para comenzar un itinerario maratónico buscando un zapato que le viniera bien a su Cenicienta. Empezó por las zapaterías de Av. San Fe, se fue a las exclusivas de Florida, no escatimó por las dudas una vueltita por Flores shop y ni hablar que recorrió palmo a palmo el patio entre Libertador y Posadas. Nada de nada.

En poco tiempo no solo había acumulado zapatos de muy variada índole, con sus respectivas bolsas y cajas, sino tarjetas de crédito corrientes y especiales de cliente. Obvio que le quedó chico el hospedaje, le quedó corto el tiempo, le bajó el sentido del humor y se perdió en el laberinto de las cuotas, pagos, ofertas, descuentos y más cuotas.

Dicen, porque ya no lo vemos -se mudó con su Cenicienta, sus zapatos y sus cuotas-, que está bien. Sin embargo la piragua de todos los veranos quedó varada donde la dejó la corriente, las patinetas bajo la cama, su valija de artesano corrompiéndose en la inclemencia del balcón, sus amigos esperándolo en vano con el salamín y ferné de los viernes, libros y apuntes de la facu prolijamente confinados a un retiro y la música de colección embalada en ¡cajas de zapatos! Y lo que es más desolador: se le desdibujó la sonrisa, se le agrió la ternura, se le descompuso la espontaneidad, se le extraviaron las sorpresas de último minuto, ya no pierde la razón con Bob Marley o Morrison... ya no canta a viva voz en el subte o en las callecitas del bajo.

Me remití a Perrault (1697) y a los Grimm (1812) y evidentemente nuestra Cenicienta terminó como en el cuento, “encontrando su zapato”. Pero ¿y del príncipe qué? Ninguno cuenta nada, nadie dice ni siquiera cómo se llamaba, qué quería para sí, cuál era su pasatiempo favorito, si cantaba, con qué soñaba... ¿será que es un “extra” en esta historia, un mero soporte para el estelar de Cenicienta?

PD. Si querés saber cómo era El Flaco, antes de Cenicienta: http://minimasfotosurbanas.blogspot.com/2009/08/el-flaco.html

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